Crónicas del Hombregato. 3/7


La tercera vez, fue un poco distinta a las otras. Quizás, lo más significativo, fue lo largo que se me hizo. Así como las otras veces, el proceso fue corto, esta vez el periplo se alargó bastante más. También me extrañó el hecho de no tener ningún recuerdo previo. Sin más, así de sopetón, me encontré allí….

Todo estaba en calma. La paz envolvía todos mis sentidos. La oscuridad lo cubría todo. Tenía la boca llena de saliva, espesa y caliente. Creo recordar, que incluso algo de baba se me escapaba por la comisura de los labios. No sentía ni frio, ni calor. Era como estar en la bañera, segundos después de haber entrado, justo cuando dejas de notar el primer sofocón, y el cuerpo ha acabado de absorber el calor que le sobra al agua. El silencio era absoluto, aplastante. Supongo que era como estar dentro de una burbuja.

La burbuja estalló. Empezó a hacerse de día, y la luz, tenue, débil e imperceptible, intentaba entrar por mis ojos, poco a poco, pero con fuerza y convicción. Un pitido finísimo y agudo atravesaba mi cerebro, aun adormecido. Empecé a despertar. La luz acabo por conseguir su propósito, y entonces conseguí ver algo. No entendía exactamente lo que veía. Toda la calma, la paz y la harmonía se escapaban. La confusión había comenzado a entrar en el campo de batalla, y como un ejército a caballo, asomaba por lo más alto de una loma, se paraba, observaba el terreno, y entonces con el brazo en alto y espada en mano, grito a sus guerreros… - Adelaaaaante ! -. Como una cascada de agua, se dejaron caer cuesta abajo. Ya nada podría frenarlos. El frio estaba ya aquí.

Las imágenes fueron enfocandose paulatinamente, pero seguía sin entender dónde me encontraba. El pitido continuaba, incisivo y constante, pero una música se dejaba oír de fondo. Me acordé, de que era una persona, pero no exactamente quién. Cuando intente moverme por primera vez, fue inútil. El frio ya había llegado a todos los extremos de mi cuerpo. En el segundo intento, conseguí abrir un poco la boca. Recordé que la tenía llena de saliva. Continuaba caliente y espesa. En el momento de separarse los labios, la baba se derramó torpemente fuera, y resbaló tranquilamente. Su sabor era curioso. Era como chupar un caramelo de hierro oxidado. Fue entonces cuando recordé que las personas tenemos que respirar, y quise, en un intento fallido, recuperar todo el aire que no había respirado hasta ese momento. Salió, más bien, algo parecido a un gran suspiro. Pero de aire, poco. Al intentar respirar de nuevo, sentí que algo no me dejaba. Insistí con todas mis fuerzas, que no eran muchas, pero apenas podía coger el aire necesario para no volver a perder el conocimiento. Una gran opresión en el pecho me privaba de ese divino y necesario tesoro. Para entonces, había recuperado prácticamente toda la vista, pero continuaba sin conseguir darme cuenta de donde estaba, mucho menos, de que me podía haber pasado. Era un laberinto de sombras, cristales y metal. La confusión era máxima. Creo que entonces estaba más perdido que nunca. El miedo entro en escena, y se juntó al ejército de la confusión, que seguía bajando aquella cuesta, acercándose cada vez más. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Los sentidos fueron ajustándose. La vista, el oído, el gusto, el tacto y el olfato comenzaron a situarme. De la misma manera que acabas sintonizando, después de unos segundos, una emisora de radio en un aparato analógico, el ruido se convirtió en música. Era el “There is a light that never goes out” de los Smiths. Lo recuerdo perfectamente, siempre había odiado esa canción. Intenté incorporarme otra vez. Imposible.

El olor de gasoil y el del pino verde que me había quedado justo delante de la cara, se mezclaban con el de la baba, que resulto ser sangre, y que ya empapaba toda mi camisa. Esto acababa de darle un toque más caótico al asunto. Un amasijo de hierro me enjaulaba, y me aprisionaba, como una camisa de fuerza. La maldita música seguía sonando, y otra canción ochentera y empalagosa comenzó a sonar. Seguramente el reproductor de cd’s saltó, y el modo radio, sintonizó una emisora al azar. Maldita sea, nada menos una emisora de música de los ochenta. Solo quedaba esperar. No era más, que cuestión de tiempo.

Las arcadas y las bocanadas de sangre se multiplicaban y no podía soportar más el frio. Continuaba sin poder respirar en condiciones. Era como un fuelle viejo y agujereado. Todavía no me podía mover. Y sed. Mucha sed. Al menos, no sentía dolor. Pero al contrario de lo que decía el puto Morrisey, en la canción que me despertó, esta luz sí que se iba. Ahora ya era consciente de todo. No recordaba lo sucedido, el cómo había llegado hasta allí. ¿ Cómo me las habría apañado, para estar espachurrado, en el centro de una bola de chatarra? Pero conocía la sensación, sabía que la muerte me había vuelto a encontrar, y que me quería. La confusión y el miedo desaparecieron. Ya habían ganado. Cuando uno muere, siente como toda su vida se escurre y se va por un agujero. Nuestro cuerpo es como una bañera llena de agua. El agua está caliente, pero cuando se enfría y quitas el tapón…la vida se vacía. Toda esa sucia agua se cuela y se escurre. Se va por un agujero negro. Negro y sin fin. Y ahora a mí solo me quedaba el último aliento, el último chorrito gracioso de agua, ese que hace un simpático remolino antes de colarse, e irse para siempre.

Tardó bastante el dichoso chorrito en desaparecer. Tuve tiempo aun de sentir como llegaba el séptimo de caballería, para luchar contra la confusión y el miedo, que por otro lado, habían ganado la batalla hacía rato ya. Llegaron con sus sirenas, sus uniformes y su confusa humanidad. Gritaban, maldecían y sobre todo, sobraban. No tenían nada que hacer, pero solo yo lo sabía. Pobres imbéciles. Por fin se pusieron manos a la obra. Una sierra arrancó, y se clavó en la chatarra. Las chispas y las virutas de metal se me clavaban en la cara. Suerte que no sentía nada. Entonces pararon. Oí como parloteaban angustiados. Tenían que tomar una decisión, y no tenían mucho tiempo. La bolsa o la vida, decían los bandoleros. En este caso, pensaron, el brazo o la vida. Al parecer, no podrían sacarme de allí si no me cortaban un brazo. Cuando me hubieron cortado el brazo, se dieron cuenta de que continuaba siendo inútil. Ahora le tocaba a la pierna derecha. Intente reír y otra bocanada de sangre salió torpe y sin fuerza. Quería decirles...-¿bueno, perece que se acabó lo de jugar al futbol, no? - pero no pude. Antes de que acabaran el trabajito de la pierna, todo se acabó. Por fin la música ochentera dejo de sonar. Lo dejo de hacer cuando empezaba a entonarse el Waltzing Matilda, en la fantástica versión de Tom Waits. Vaya, la muerte vuelve a estar de guasa, y siempre tiene que hacerme su gracioso guiño. Para una canción que valía la pena…

2 comments:

pólux said...

Me gusta. Creo que es la primera vez que leo algo relacionado con la muerte desde esta perspectiva, y como siempre sin perder el humor... molt be!!

desdelmesenlla said...

me sacas los colores, pólux !

y si, hay que tomarselo con humor ! jajaja